Hace poco, mientras iba camino hacia al parque, me hice esta pregunta:
¿Por qué me interesó el storytelling (narración de historias)?
Desde niño, siempre me sentí atraído por la conversación y el diálogo, lo que los demás contaban y cómo lo hacían, prestaba mucha atención al modo en que el interlocutor describía las experiencias que tenía y como las afrontaba.
En algún momento, me di cuenta que la elección de palabras, el tono y el ritmo que empleaban, creaba una especie de hechizo, un embrujo en el que todos quedábamos atrapados en la manera en cómo era contada la historia.
Así que, no solo noté que uno se entretenía, sino que aprendía muchísimo. Luego empecé a observar que, muchos de nosotros, a veces simplemente nos encontramos con nuestros familiares, amigos o pareja con el fin de contarnos historias: sucesos del día a día, momentos que nos marcaron, experiencias transformadoras, emociones que nos enseñaron y nos hicieron cambiar.
Esta vida se reduce a los relatos de cada ser humano. Algo tan cotidiano pareciera que no lo viéramos, pero ahí están, contándose a través de la oralidad o la escritura. A diario hay anécdotas que nos acechan, que nos persiguen y modifican nuestra visión del mundo.
Es ahí donde uno ve la grandeza de la narración en todo su esplendor.
