Por mucho tiempo estuve aferrado a lugares y personas increíbles, gente que me brindó tantos momentos gratos e incómodos, pero al mismo tiempo, me otorgaron un enorme aprendizaje de cómo cada uno veía la vida, de cómo en el fondo de ellos había tantos anhelos, esfuerzos y vulnerabilidades. De pronto, un día te das cuenta de que uno se va moviendo conforme a lo que vamos negando o aceptando en el camino. Observas lo que las personas han construido y no puedes evitar el desconcierto que este te produce.
¿Cómo era posible que la gente que me estuvo acompañando por tantos años terminarían siendo un transitorio recuerdo?
Enfrentar esto me dejó en un duelo que no podía admitir, era como si hubiese ingresado en una especie de bucle que no me permitía hallar la manera de romperlo.
Sin embargo, gracias a toda esta batalla interna que viví, pude vislumbrar el punto de quiebre para redirigir mi atención. Fue entonces cuando la aceptación hizo presencia.
Me dejé llevar por lo que la vida me estaba mostrando, y era precisamente eso: que uno de los tantos ciclos que me tocó ya había culminado, que tenía que reinventarme.
Solía creer que no volvería a conocer gente por el miedo de dejar de ser parte de las vidas de algunas personas, pero uno siempre se tropieza con otras almas en el camino, por muy momentáneo que sea.
Ahora, trato simplemente de responsabilizarme de todo aquello que depende de mí y de lo que está a mi alcance. Después de todo, si nos conocimos fue por alguna razón. Me quedo con eso y lo acojo con plena gratitud. Así fue como entendí que esta vida es una eterna despedida.
